Ararat


Todo comenzó con una llamada familiar. Sí, ya sé que comenzar así, con un todo comenzó es muy típico y no puede atraer de ninguna forma, pero os aseguro que lo que voy a relataros es en extremo cautivador. Así que, como decía, mi familia paterna me había llamado porque querían conocerme. Mi padre era armenio inmigrante y desde que había llegado a Suiza había cortado toda relación con sus ascendientes. Pero yo había crecido con una sempiterna curiosidad hacia mi tierra ancestral, y cuando recibí una carta de invitación de mis parientes, no dudé en empaquetar mis cosas y tomar un avión.

Fue entonces que descubrí que mi padre tenía motivos de bastante peso para haberse largado de allí. No tenía mucha emoción pertenecer a una familia de cabreros armenios que prosperaba dejando pastar a sus animales a los pies del monte Ararat. Bueno, era esto lo único por lo que valía la pena despertarse, amanecer en el jergón mullido y ver el Ararat nevado al alba, con su aureola de nubes cubriendo los enormes picos.

La estancia allí me resultó muy aburrida, apenas conocía el lenguaje de mi patria natal y ellos no entendían el alemán con el que crecí. Ellos eran una gente bastante típica y pobre, vestidos a la antigua usanza y a las maneras tradicionales armenias; eran personas altas y delgadas, de piel tostada y estirada. Durante gran parte del día me dedicaba a ver cómo pacían las cabras y cómo las pastoreaba mi tío. Todo esto me producía un sopor inmenso, hasta que llegaba el ocaso y posaba su manto rojizo sobre el cielo, irradiando un aura mística a mi querido monte.

Todo cambió un seco día de Noviembre, cuando llegó mi exhuberante prima Chérame. Del resto de mi familia no se diferenciaba demasiado, sino fuera por su exótico aspecto de arqueóloga aguerrida, su mirada fiera, llameante y fulgurante como el desierto. A pesar de estar en los huesos, su tipo dibujaba sugerentes curvas bajo su ropa de aventurera contemporánea. Me sorprendía al imaginarme poseyéndola, pero lo consideré normal comparándola con mis remilgadas primas suizas, rubias y de piel lechosa y grasienta. En fin, me sentí fascinado por ella, y enseguida entablamos relación. Hablábamos durante gran parte del día en un fluido inglés, y ella me enseñaba sus manuscritos y enseñanzas, me contaba historias sobre yacimientos mesopotámicos en los desiertos de Iraq, cuevas perdidas en lo más profundo de Palestina y el Mar Muerto, y ruinas hititas en Turquía. Todo aquello me resultaba sensacional, y aunque yo no comprendía más de la mitad de sus cavilaciones, la mayoría de ellas a la luz de las velas en nuestras largas noches de conversación, cuando el fulgor de las pequeñas llamas hacían brillar sus ojos y su piel de forma provocativa, yo la seguía con el mayor asombro e interés, y a veces le contaba curiosidades de la cultura suiza y para aparentar interés fingía que sabía cantar música del Tirol, aunque yo no era de allí.

En fin, no me quiero desviar, en verdad estaba perdidamente enamorado de Chérame, pero no fue lo más extraordinario que me sucedió a los pies del Ararat. Un día, con el rostro lívido, mi tio regresó del pastoreo y se puso a pegar voces a toda la familia. Chérame cogió presta su cantimplora y preparó la mochila, y yo le pregunté con urgencia qué pasaba. Una cabra se había perdido en las laderas y era preciso encontrarlas. Claro, yo no podía comprender tanta obsesión con una cabra, si podían comprar más, pero ellos eran pobres, y yo haría cualquier cosa por seguir a Chérame en sus aventuras, aunque fuera al fin del mundo.

Ascendimos por el Ararat antes del mediodía y proseguimos la travesía por toda la tarde. Yo farfullaba por todo el esfuerzo, acomodado a la aburguesada vida de Suiza, pero Chérame ni se inmutó. Sólo el sudor perlaba su frente y poseía su piel; el leve brillo me enloquecía por instantes. Finalmente Chérame se incorporó con pose de alerta y me miró. Sin duda, había oido los balidos de angustia de la cabra. Avanzó más aprisa y de repente nos encontramos en unas ruinas pedregosas. Cuando miré a Chérame al rostro, lo tenía blanco como mis primas suizas. Por todas partes en la piedra había inscripciones en cirílico. Le pregunté qué pasaba y ella me contó una historia. Hacía mucho mucho tiempo, Cirilo, el inventor del alfabeto ruso, había decidido pasar sus últimos días en Ararat, de forma que edificó un templo dedicado a los serafines, los querubines, las potestades divinas, virtudes y tronos. En sus últimos días, su obra lo enloqueció, pero las efigies de los árcangeles permanecían inmutables en las laderas del Ararat, contemplando los huesos del monje demente. Desde entonces, nadie se había atrevido a profanar el templo, pues se decía que estaba maldito.

Pero había que rescatar a la cabra de mi tío. Chérame me suplicaba que no entrara, pero yo me envalentoné, ardiendo en deseos de impresionarla. Allí estaba la maldita cabra y estaba a punto de cogerla cuando vi los huesos de Cirilo, custodiados por una magnífica estatua del arcángel Miguel. Mi prima había salido corriendo tras de mi, pero yo ya sostenía en mis manos el craneo de Cirilo y recitaba con dramática pose "Sein oder Nichtsein, das ist hier die Frag!". Observé horrorizado mientras mi prima chillaba, como la piedra se caía del árcangel Miguel y aparecía en toda su gloria y esplendor guerrero, mientras todos los serafines, con sus espadas y sus tres pares de alas se abalanzaban sobre nosotros. Esquivamos a duras penas todos los tajos angelicales y el poder de la voluntad del Señor sobre nosotros, mientras esgrimiamos huesos contra ellos y nos zafabamos pateticamente. En un momento, Chérame sacó su libreto de notas y empezó a recitar poderosos versos en antiguas lenguas. Más tarde me dijo que era arameo. Resultó que gracias a aquellos versos, todas las potestades divinas se volvieron piedra de nuevo y se apaciguaron. Por prudencia, solté los huesos de Cirilo, y por impulso mordí salvajemente los labios de mi prima, entregándonos a la más violenta de las pasiones.

Ella dice que es arqueóloga, pero yo sé que en realidad es una hechicera. Y bueno, como toda historia feliz, la cabra volvió al bondadoso cuidado de mi tío. Creo que no volveré a Suiza. Y me han contado que en Ararat está el Arca de Noé, pero supongo que se encontrará en otro mítico templo, o que Indiana Jones se la llevaría antes.

1 comentarios:

Mirthas dijo...

Muy simpático el relato. Ha decir verdad pensé que era real -es la primera vez que te leo- hasta que no empezaron los arcángeles a tomar vida. Me pregunté cómo era posible que un hallazgo así lo contaras con esa naturalidad.

Te iré siguiendo. Saludos.

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